domingo, 8 de febrero de 2009

La tienda de recuerdos (Parte I)

Hace algún tiempo abrieron una nueva tienda en el centro. Pero no se encontraba en una de las avenidas principales, al contrario, estaba situada en una de las callejuelas que las interconectaban, una de aquellas calles con olor a orín y sin apenas luz que tratarías de evitar siempre.


Pero pese a su mala ubicación, la tienda rápidamente fue siendo conocida por las gentes de toda la ciudad, basándose en la única publicidad del boca a boca de aquellos que ya habían comprado en el lugar. El pequeño establecimiento era una tienda de recuerdos, pero no era una tienda convencional y de eso se daban cuenta los clientes nada más entrar.


-Buenos días -. Dijo un joven que acababa de atravesar la puerta del local por primera vez. Se encontraba algo aturdido con la vista perdida en el interior de la pequeña tienda, que almacenaba un sinfín de objetos curiosos y dispares.


-Buenas tardes -. Le corrigió la dependienta con tono jovial y desenfadado.

Era una chica menuda, con el pelo corto en el que se formaban remolinos del color del trigo. Sus ojos eran dos pozos marrones que brillaban al igual que los de un niño pequeño y una sincera sonrisa reinaba en su rostro. Una sonrisa que tan solo un amigo de toda la vida podría proporcionar. Y ahí estaba esa chica, a la que veía por primera vez, inspirándole toda la confianza del mundo.


-Yo quiero…yo buscaba…- dijo torpemente mientras se recuperaba de todos sus pensamientos e impresiones.


-Deseas un recuerdo -. Ella completó su frase mientras le tomaba la mano dulcemente tras haber rodeado el mostrador en el tiempo que su cliente había titubeado.- Y yo tengo uno muy bueno para ti, uno perfecto que te quedará como anillo al dedo- Dicho esto acarició suavemente la mano del joven con la suya propia, antes de soltarla y desaparecer en la trastienda del local.


Apareció al poco rato con una tela de color marrón enrollada bajo el brazo. Parecía algo pesada y la dejó torpe, pero suavemente sobre el cristal del mostrador antes de volver a desaparecer. Esta vez llegó con una caja de cartón, que empleó para guardar el rollo de tela dentro. La cerró con cinta de embalar y la dejó junto a los pies del joven. Este no preguntó nada, pagó el precio y recogiendo su recuerdo salió de la tienda, no sin antes permitir que su vista se perdiese de nuevo en las maravillas de la tienda (entre las cuales se incluía la pequeña dependienta) durante unos instantes más. Una vez hubo salido, se percató de que no sabía exactamente cuanto había pagado por el paquete. Ni tan solo sabía qué había pagado a cambio. Pero de lo que no dudó ni un instante fue sobre lo adecuado de su compra. Aquella era una tienda de recuerdos, pero no una tienda normal. Aquella tienda era mágica, todo el mundo que había comprado allí lo sabía y él lo sabía ahora.


Al llegar a casa abrió su caja y sacó de su interior unas cortinas enrolladas, de color marrón, algo ajadas por el paso del tiempo. Esa misma tarde las colgó. Desde entonces, cuando el sol del atardecer se pone por su ventana, cierra las cortinas, apaga el televisor y se sienta en el suelo del salón. Entonces la estancia se llena de una luz anaranjada que le recuerda a su niñez, cuando a las cinco y media llegaba del colegio y rápidamente, con la merienda aún en la mano, se tiraba en el suelo de su antigua casa a jugar con sus coches o sus canicas. A veces incluso, si respira profundamente, puede notar el aroma a polvo de la vieja alfombra que tenían y sobre la cual jugaba.