lunes, 3 de septiembre de 2007

Camino

Capítulo 2º: Abandonado

Dejo atrás el último resquicio de luz, me detengo y la oscuridad se torna mi única guía. Alzo las manos a la altura de la cara pero no consigo separar carne de oscuridad. Muevo los dedos pero nada agita la calma impasible que me rodea. Nada marca el camino pero no tengo pérdida, estoy dentro de él. Comienzo a caminar. Cada paso insufla certeza de pisar correctamente y a la vez alimenta la duda de haber elegido un camino erróneo. A mi paso la oscuridad se torna material y noto su caricia. Acelero la marcha y cuando el viento mece mi pelo me doy cuenta de que estoy corriendo. Disminuyo la velocidad y jadeando me detengo completamente apoyando las manos sobre las rodillas que soportan todo el peso de mi cuerpo. Si pudiese ver se me habría nublado la vista, pero cuando caigo en el suelo exhausto la única diferencia entre tener los ojos abiertos o cerrados es el peso que ejercen los párpados mientras mi mente trata de mantenerse clara. El sudor baña mi cara, un sudor frío, mis párpados sucumben y tras ellos mi mente. Estoy desmayado. Ahora mi mente trabaja fuera de mi control, soñando y creando ideas sin mi consentimiento.

Cuando vuelvo en mi la oscuridad parece más espesa que antes. Pesa sobre mi cuerpo y me cuesta levantarme. Me apoyo sobre las manos y con fuerza intento levantarme. Despego la cara del suelo y aunque mis ojos no pueden escrutar entre la oscuridad mis manos han visto por ellos. Acaricio el piso y noto que no es llano como yo esperaba que fuera la oscuridad. En el paso de las manos noto pequeñas hendiduras como estrechas líneas que se cortan las unas a otras y una fina capa de algo que me recuerda al tacto de la tierra se apelmaza en mis yemas. Sigo leyendo con mis manos hasta que mi vista se acostumbra a la poca luz y confirma la existencia de un suelo pavimentado por pequeñas baldosas hexagonales. El color marrón de estas es igual a los restos de tierra que hay en mis manos. A lo lejos se pierde el camino de adoquines recién descubierto. Retomo la marcha.

A mis lados, bajo un cielo de oscuridad, comienzan a formarse ideas confusas y distorsionadas. A medida que avanzo las ideas se tornan conceptos y los conceptos a su vez se convierten en materia que finalmente forma objetos. La hierba verde brota de la negrura a ambos costados del camino adosada a un cielo azul en el que se forman algunas nubes. A mi paso voy siendo testigo de la creación de un mundo partiendo de la nada. Y la visión me maravilla. Multitud de nuevas ideas se abren paso hasta mi formando proyectos y deseos mientras un sol aparece en lo alto y bendice todo lo que se encuentra bajo él. De repente el camino se acaba. Piso al borde del camino y dos pedazos de adoquín caen al vacío que se abre delante de mi y a mis pies. Como si hubiesen serrado la realidad, senda y paisaje han sido toscamente terminadas dejando frente a mi solo algunos destellos de luz que describen formas irreconocibles. Me rindo ante el vacío y caigo de rodillas. Impotente y derrotado por la certeza de haber elegido un camino que no llegaba a ningún lado. ¿Si he empezado por el final, por qué no existe un principio? Las ideas que golpean mi mente me ensordecen y me aturden, pues se han formado progresivamente en mi marcha y ahora se han quedado estancadas, incompletas. He de volver al final, para tomar otro camino. Me alzo dispuesto a deshacer lo andado.

Las casas que rodean el sendero ahora no son más que cimientos, los jardines están descuidados y las flores marchitas. Libros deshojados siembran el suelo y sus hojas, escritas tan solo en parte, son barridas por el viento. Me pesan los hombros y mis músculos están entumecidos. Se me nubla la mente con miles de ideas fragmentadas, de proyectos rotos en añicos como un cristal golpeado con fuerza. El paso se me hace pesado y a cada uno que doy los pies caen con fuerza y se hincan en el suelo agrietándolo. Mis pensamientos colisionan los unos con os otros tratando de hacerse un lugar propio, pero todos ellos quedan atrás y los aparto durante un breve instante cuando ante mi se abre un abismo una vez más. El piso se agrita y se rompe y la negrura cae de golpe frente a mis ojos como hizo pasos atrás. La realidad es destruida poco a poco por esta negrura que trae olvido. Estoy rodeado por la nada que destruye todo lo formado y acorta su espació para llegar hasta mi. Las ideas que me torturaban se pierden si dejar rastro una tras otra y el vacío que dejan en mi cerebro me marea haciéndome perder el equilibro y caigo irremediablemente de espaldas. Aunque hago uso de mis manos para mantenerme sentado y no caer totalmente, de nada sirve para recuperar el equilibrio ni dar impulso a mis piernas para que vuelvan a soportar mi peso. Tras perder todas las ideas incompletas se comienzan a desmoronar todos mis planes. No veo necesidad de seguir luchando ni de buscar un camino nuevo. Desisto en mi intento de regresar junto al anciano de la oscuridad y deseo descansar como hice antaño. Caen los últimos pedazos del mundo que me rodea y apenas unos metros de camino me separan de mi inevitable caída. Pierdo el ánimo, libero a mis brazos del peso que soportaban y me tumbo sobre la fría losa mirando el cielo donde el sol se derrite por completo cayendo al vacío. Cuando llega mi turno no siento miedo ni ansiedad. Caigo en la espesa negrura y mientras me hundo todo me da igual.


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