Dime si alguna vez has estado enamorado, si alguna vez has sentido esa punzada en el pecho que yo siento pese a que mi corazón no late. Si alguna vez te has sentido como yo, con cientos de palabras que decir, pero castigado con unos labios incapaces de articularlas. ¿Acaso has sentido la necesidad de romper en llantos pero tu rostro, impasible, se niega a actuar? Y a causa de todo esto, la mujer que tanto amas jamás se percatará de tus sentimientos. Dices que te ha pasado, que eres conocedor de esa amargura: Espero que me permitas una licencia, si te digo que eso que dices haber sentido no es ni la sombra de mi pesar.
Mi vida fuera de mi, así es como me siento. Hace días que se que ya no piensa en mi, lo noto en su rostro, en su caminar. Comparto el hogar con ella, pero ella no lo comparte conmigo sino con otro hombre que habita en sus pensamientos continuamente. Sé que cuando se cruza conmigo y me mira no es a mi a quien ve, es a él hacia quien dirige sus verdes ojos. Me atraviesan como puñales envenenados y su ponzoña corroe mi superficie lentamente mientras ella lamenta que sea yo el que esté ahí y no él. No lo ha dicho nunca en voz alta pero se que inconscientemente es esto lo que piensa. Pero yo me mantengo frío, inamovible. Y le sonrío, como siempre hago. La felicidad me esta matando.
Paso la noche a su lado, en silencio esperando que el sueño llegue a ella para entonces introducirme en ese reino de magia y sustituir esta mortuoria realidad por un sueño, un deseo. Mi deseo. Abrazarla y besarla, soportar su pesada carga en la vida y hacerla sentir como solo él podría. Y morir por ella, si fuese necesario. Pero entre las finas cortinas que separan el mundo de Orfeo del nuestro una frágil pestaña se abre. Veo el rostro de mi amada nublado y abatido por el sueño y el pesar. Un gracil brazo se estira y unos suaves dedos se posan en mi rostro y lo acarician. Pero yo permanezco impasible, incluso cuando una cristalina lágrima nace en el mundo de los sueños y rompe contra la realidad formando un frio riachuelo que une ambos mundos. Entonces comprendo que para ella yo no existo en ninguno de los dos.
A pesar del dolor que siento no puedo acusar ninguna traición. Todo lo que he querido, todo lo que he necesitado jamás era ella. No puedo reprocharle los momentos en los que la consolé, destrozada y abatida, llorando en el suelo del pasillo que da a nuestra habitación. El más triste llanto que jamás habrá escuchado nadie, el más punzante dolor que compartí con ella en esos momentos sin dejar entrever una mueca. Ella me abrazaba con fuerza sobre la fría losa del piso. Apretándome contra su pecho con todas sus fuerzas mientras yo sentía en mi el latido de su corazón. Y ahora entiendo: no era a mi a quien abrazaba, sino a él. Contra mí notaba unos latidos que no estaban destinados a mi ser. Una placebo entre sus brazos, un misero substituto representando a quién de veras ella deseaba. Claro está, no era a mi.
Nunca deseé enamorarme de ella, pero el destino se declaró ferviente enemigo mío desde el momento en que posó sus labios sedosos sobre mi rostro por primera vez. Ahora esa enemistad es a muerte. Multitud de noches he conocido esos labios, fríos y apagados, dulces, húmedos y ardientes, amargos y salados por el tinte de lágrimas incesantes. Todos esos labios fueron uno para mi, todas y cada una de las noches que bebí de ellos. Todos los amaneceres en que me dieron algo más de vida. Necio es aquél que no quiere ver y yo de entre todos de los de mi especie, fui el mas ciego. Viviendo una ilusión inventada en la oscuridad de mi propia solitud. Besé sus labios miles de veces, pero sus labios no tocaron los míos. Estaban dirigidos a otro, a alguien que moraba tras mi imagen a alguien que no puede mirarla a través de mis ojos y que jamás podrá amarla como lo hago yo. Pero como ya dije, es el destino mi mayor enemigo y el amor su aliado.
Anoche les vi. Estaban juntos y ella sonreía más de lo que pude imaginar en todo el tiempo que compartimos juntos. Sus blancos dientes brillaban con la luz de luna que entraba por la ventana y encendían sus labios con un fulgor rojizo. Yo miraba maravillado de tanta belleza, mas apenado al ver que yo no era el que la provocaba. Entonces él acercó sus labios a los suyos y atenuó el fulgor con un beso. Estaban en la habitación donde tantas noches habíamos compartido. Les miraba furioso pero ellos no se fijaron en mi en ningún momento. Deseé gritar, deseé llorar y deseé arremeter contra aquel hombre. Pero una vez más permanecí quieto en mi sitio y vi como aquel hombre, que era yo fuera de mí, y mi amada soñaban un sueño que no se durmió. Pero al fin comprendí.
Han pasado tres días desde aquella noche. Él se ha vuelto a ir, pero ya advierto que las miradas de mi amor, sus besos y el roce de sus dedos en mis labios no están dirigidos a mi, si no a una sombra tras de mi. Mentira. La sombra, he comprendido, soy yo. Una mera imagen tras un cristal. Estática, fría, sin vida. Pero nadie me dijo que el amor me estuviese prohibido. Eso soy yo, un triste retrato inmovil junto a la mujer que amo. Ahora dime tú, ¿Acaso puede sentirte como yo?
1 comentarios:
Lo he vuelto a leer y no puedo evitar pensar en Dorian Grey ^^. Me gusta mucho, y me hace pensar en una idea... pero me da pereza escribir xD
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