Había llegado el invierno, hacía mucho frío fuera, en el campo, pero a ellos les daba igual. Multitud de cuentos e historias acababan de llegar para pasar sus vacaciones en la vieja casa de campo, donde desde antaño se reunían todas las fábulas del mundo siempre en la misma fecha. Jugaban, se contaban entre ellas y disfrutaban de sus compañeras y compañeros. Tanto de los que conocían como de los que no. Había cuentos de todas clases: Los había adultos o incluso milenarios, tan sabios como la vida misma y tan curtidos que sus palabras sonaban recias y llenas de seguridad. También los había jóvenes y pequeños; locos y atolondrados que, como todos los niños, no atendían a sus adultos que en vano trataban de cuidar de ellos. Cuanto más jóvenes eran más difícil era controlarlos, volando de aquí para allá sin ningún tipo de preocupación por su significado o contenido. Había cuentos extensos, que necesitaban todo un dormitorio para ellos solos. Repletos de frases y palabras, elegantes y bien estructurados, caminaban calmadamente y con aire altivo entre los demás que de tanto en cuando se quedaban impresionados. Eran historias que aunque nunca rehusaban un juego, por rudo que fuese, si que se hacían de rogar en más de una ocasión con tal de recibir la atención que se merecían. No por ello menos importantes, había cuentos cortos, chismes más bien, conocidos por pocos que tímidamente se presentaban ante los demás con temor de no ser escuchados. Pero enseguida se unían al resto en los bulliciosos juegos y alocadas aventuras que organizaban. Todos eran bienvenidos por igual y corrían y bailaban todos juntos alrededor de la hoguera de la imaginación. Todos menos uno.
A lo lejos, sentado en el porche del viejo caserón, lejos del fuego y en la oscuridad había una pequeña historia que no participaba de la festividad. Era una historia pequeña en su extensión y se arrugaba sobre si misma, maltrecha. Nadie se había percatado de su asistencia y aun de haberlo hecho, pensaba ella, no le hubiesen aceptado en los juegos. Estaba mal estructurada y en algunos de sus fragmentos carecía de sentido, tenía el alma de un loco y su sinsentido le aturdía a ella misma alguna vez.
Todas las historias, cuentos y leyendas tienen un padre (o una madre) o incluso puede que muchos. Cuantos más progenitores, más fuerte es y con mayor alegría se deja contar. Ésta en particular, tenía un solo padre. La habían creado hacía pocos años, de Dios sabe que pensamientos, y la había encerrado en una pequeña cárcel de papel y tinta. Su propio padre rehusó de ella. No le gustaba, el quería crear una cosa, pero la historia siempre intentaba seguir un camino completamente opuesto y al forzarla de lo contrario, quedó desordenada, con fragmentos sin lógica e insípida en más de un párrafo. Con el tiempo se olvidó de ella y nadie nunca la leyó. Pero los cuentos no se pierden. Una vez creados sencillamente existen. Aunque nadie los recuerde los cuentos no olvidan. Y eso atormentaba a la pequeña historia que se culpaba a si misma por haber sido olvidada, por no haber sabido crecer como su padre quiso.
Al pasar por el lugar, alguien tropezó con la pequeña historia. Era un cuento bien formado y adulto, sus palabras emanaban belleza y romanticismo. Era una historia de amor, no muy conocida, pero tan bella que todo el que la oía no podía olvidarla jamás. Al principio no se dio cuenta de con que había tropezado al pasar por le porche, pero al mirar por segunda vez vio a la pequeña historia encogida como si de una mentira se tratase (nada en contra de las mentiras, al fin y al cabo muchos cuentos son mentiras en el fondo, pero cuando una mentira es pura y esencialmente una mentira, sin ningún objetivo tras de ella, son realmente feas). La historia de amor no tuvo que preguntar, podía leerla perfectamente y comprendió su pesar. Amigablemente le tendió unas frases que la pequeña no comprendió, pero tal era su belleza que no puedo evitar tomarlas y seguirla hasta la hoguera, donde todos los demás ahora estaban sentados en corros, narrándose los unos a los otros, y se sentó junto a su nueva amiga, su única amiga, y escuchó.
Le llegó el turno a un viejo cuento, oscuro y polvoriento, más por apariencia que por edad, y le tocó contar la historia de amor. El pequeño relato escuchó atentamente todas y cada una de las palabras y aunque no las comprendió en su totalidad, en su interior sintió algo removerse y comprendió el romanticismo, aquello que momentos antes en el porche no entendía.
La historia de amor se levantó cuando le tocó contar a otro miembro del corro y se disculpó dulcemente a una vieja fábula a su izquierda. Había prometido contarla a ella, pero deseaba cambiar de compañera. La fábula llena de sabiduría y gentileza accedió sin ningún tipo de reproche. Y en su lugar la historia de amor tomó con suavidad a su nueva compañera y comenzó a relatarla. Cuando hubo acabado las miradas de los cuentos eran dispares. Algunos estaban ligeramente mareados, otros sorprendidos por rara que era aquella pequeña historia. Aparentemente nadie reía, nadie lloraba, nadie sentía nada por el pequeño relato, tan puro y sincero como podía ser. Volvía a encogerse sobre si mismo deseando desaparecer justo cuando la gentil fábula sonrío y halagó la originalidad de la pequeña. El resto del grupo estimó lo mismo y comentaron entre ellos lo bonita que era la historia y lo encantadora que resultaba esa pequeña locura que contenía toda ella. Todo el grupo aplaudió y la pequeña dejó brotar lo que podría haber sido una lágrima, en el caso de que los cuentos pudiesen llorar.
En algún lugar lejos de allí, en un estudio recién alquilado o un apartamento que recibía una visita, una pequeña niña halló un cuaderno maltrecho, con las anillas que lo mantenían unido parcialmente salidas y con algunas hojas colgando. Dentro había escrita una historia, sin título, en varias hojas continuas de papel. La leyó en silencio y una sonrisa se dibujó en su pequeño rostro al terminarla. Y sin tan siquiera pretenderlo, se imaginó a ella siendo la protagonista del relato, aunque en su mente el relato tomo vida propia y se desvió hacia los confines de su imaginación corriendo como un animal en libertad, creciendo más y tornándose más bella. La pequeña nunca olvidó la historia y tal vez posteriormente la escribió en otro papel más limpio y con menos arrugas, para que más gente la conociese y nunca se olvidase. Al fin y al cabo hay una historia para cada uno de nosotros y esa podría ser la tuya.
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